Marketing con comida en la era del Ozempic

Durante años, el marketing vendió indulgencia. Hamburguesas gigantes, pizzas con queso infinito y postres imposibles dominaron campañas publicitarias, redes sociales y lanzamientos de producto. Sin embargo, algo curioso está ocurriendo: justo cuando medicamentos como Ozempic y otros tratamientos para la pérdida de peso están transformando la relación de millones de personas con la comida, las marcas parecen más obsesionadas que nunca con ella.

Perfumes que huelen a leche. Bolsos con forma de jitomate. Protector solar que parece crema batida. Maquillaje fotografiado junto a cerezas, fresas y donas glaseadas. La comida está en todas partes, incluso donde no debería estar.

La pregunta es inevitable: ¿estamos viendo una nueva tendencia estética o una respuesta cultural a una época en la que comer dejó de ser el centro de la conversación?

La comida ya no se consume, se contempla

Mientras medicamentos para la pérdida de peso ganan popularidad entre celebridades, influencers y consumidores con alto poder adquisitivo, la comida ha comenzado a ocupar un lugar distinto en la cultura.

No desapareció. Se transformó.

Si antes la comida era una experiencia física, hoy también es una experiencia visual. Se fotografía, se comparte, se convierte en inspiración para maquillaje, moda y diseño de productos.

Las marcas parecen haber entendido algo muy interesante: quizá ya no todos quieren comerse la dona, pero sí quieren verse como ella.
Rhode: El caso de la dona glaseada

Pocas marcas han entendido este fenómeno tan bien como Rhode.

Desde su lanzamiento, la marca construyó gran parte de su identidad alrededor del concepto “Glazed Donut Skin”, una piel tan luminosa y brillante que, según la propia Hailey Bieber, debería verse como si “quisieras darle una mordida”.  

No es casualidad que muchos de sus productos utilicen nombres relacionados con alimentos, que sus campañas incluyan frutas y postres, o que incluso haya realizado colaboraciones inspiradas en donas glaseadas.  

Lo que Rhode vende no es skincare.

Vende deseo.

Y resulta que la comida sigue siendo uno de los lenguajes universales del deseo.

El fenómeno “Foodcore”

La tendencia ya tiene nombre para muchos analistas culturales: Foodcore.

Consiste en utilizar códigos visuales de alimentos para hacer productos más aspiracionales, memorables y emocionalmente atractivos.

Por eso vemos:

  • Bolsos con forma de verduras y frutas.
  • Fragancias inspiradas en leche, vainilla o postres.
  • Cosméticos fotografiados junto a cerezas, mantequilla o fresas.
  • Ropa con estampados gastronómicos.
  • Empaques que parecen dulces o postres.

La comida funciona porque activa recuerdos, emociones y sensaciones inmediatas.

Una cereza no es solo una cereza; Es verano, es dulzura, es nostalgia, es placer.

Y eso es exactamente lo que busca el marketing.

Cuando el protector solar parece postre

Quizá uno de los ejemplos más extremos de esta tendencia sea el protector solar en formato crema batida.

Su apariencia era tan similar a la crema chantilly real que la conversación dejó de ser estética y se volvió regulatoria.

En Estados Unidos, la FDA emitió advertencias a varias marcas por comercializar protectores solares en formatos tipo mousse o crema batida, argumentando que estos formatos no estaban contemplados dentro de las presentaciones aprobadas para productos SPF.  

En redes sociales y foros, numerosos usuarios comentaban precisamente lo mismo: el producto parecía un postre y generaba confusión inmediata.  

Y aunque pueda parecer un exceso, también demuestra el nivel al que ha llegado la influencia de la comida en el diseño contemporáneo.

Hoy no basta con que un producto funcione. También debe despertar apetito visual.

El marketing del antojo en la era del control

Aquí aparece la gran paradoja. Vivimos en una época que celebra el autocontrol, la optimización corporal y la pérdida de peso.

Pero al mismo tiempo, las marcas están rodeando sus productos con símbolos asociados históricamente al placer y la indulgencia.

Quizá porque la comida nunca fue solamente nutrición. Siempre fue emoción.

Y aunque algunas personas estén reduciendo su apetito físico, el apetito emocional sigue intacto.

Seguimos queriendo aquello que nos hace sentir bien.

Seguimos reaccionando a una dona brillante, a una cereza perfecta o a una fresa roja imposible. El deseo no desapareció, solo cambió de forma.

Lo que las marcas pueden aprender

Para quienes trabajan en marketing, esta tendencia deja una lección importante:

Las mejores campañas no venden productos.

Venden símbolos culturales.

La comida se ha convertido en uno de los códigos visuales más poderosos de esta década porque conecta con emociones universales: placer, nostalgia, recompensa y felicidad.

Y en un mundo cada vez más obsesionado con medir calorías, controlar hábitos y optimizar resultados, esos símbolos tienen todavía más valor.

Porque cuando el consumo cambia, el deseo encuentra nuevas maneras de manifestarse.

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